martes, 1 de noviembre de 2016

El Soldado de Nápoles que visitó Roquetas

Iglesia de la Virgen del Rosario anterior a la restauración
de 1957. (Autor: Domingo Fernández Mateos,
en la página «Almería en cristal»)
Suenan campanas de difunto desde la Iglesia de la Virgen del Rosario. Unos toques pausados, pero que sobrecogen a todo el pueblo de Roquetas. Todo el mundo, grandes y pequeños, conocen su significado: la gripe se ha llevado consigo otra alma inocente.

Un pequeño grupo de monaguillos con una cruz alzada y seguidos por el cura del pueblo avanzan hacia la casa del fallecido. Para frenar la propagación de la gripe, las calles (por entonces de tierra) estaban regadas con un desinfectante, que se convierten en la nauseabunda fragancia que acompaña a este funesto cortejo.

Al acercarse a la vivienda, caía sobre sus oídos un silencio atronador, sólo roto por el murmullo de llantos y lamentos que se escuchaba en la profundidad del hogar. Un grupo de familiares y amigos rodeaban al fallecido, algunos ya enlutados, lo que añadía más oscuridad a aquel sombrío dormitorio apenas iluminado por unos cuantos candiles. Con toda seguridad, era una escena que jamás deberían haber contemplado, y menos en tantas repetidas ocasiones, aquellos de niños que acompañaban al sacerdote en su ejercicio de monaguillos.

Pequeña cúpula tradicional en
la parte antigua del cementerio.
(Fuente: Enrique Silva Ramírez)
En medio de esta escena, el sacerdote intenta consolar a los presentes, que desde aquel día tendrán que aprender a vivir sin uno de sus seres queridos. Más tarde, el cuerpo sería conducido al cementerio de Roquetas, existente desde la década de 1830, pues hasta entonces los enterramientos se realizaban en los alrededores de la iglesia o bajo el suelo de ella. Pero los entierros ya no pasaban por las calles principales de la localidad, para evitar la alarma social ante semejante desfile de desgracias.

Quedaba el fúnebre transporte de los cuerpos segados por la guadaña de la Muerte, para lo que se contó con la ayuda de los agricultores del pueblo, que cedieron sus carros para llevarlos hasta el cementerio. Serían estos mismos quienes también colaborarían en la ampliación del camposanto, pues aquella epidemia lo acabó dejando pequeño.

Tras todo este ritual se repetirían misas en honor al fallecido, tanto para los familiares que llegarían más tarde desde lugares lejanos, como de forma periódica al mes y al año. En todas ellas, y para simular la presencia del cadáver, se colocaba durante la misa un artefacto sobrecogedor: el catafalco. Se trataba de una suerte de ataúd cubierto por una tela negra, generalmente terciopelo, y rodeado de velas.
Imagen actual de un catafalco

Aquella gripe de 1918 se llamó en Europa de forma errónea «gripe española» y en España «el Soldado de Nápoles» (título que recibió una de las canciones que integraba la zarzuela «La canción del olvido», que entonces se representaba en los teatros españoles y que estaba ambientada en esta ciudad italiana). Originada en marzo de ese año en Estados Unidos, la gripe se difundió por todo el mundo en plena Primera Guerra Mundial, cebándose con Almería durante su segunda oleada en el otoño de 1918.

Por último, sólo nos queda dar las gracias a Antonio Marín Muyor, monaguillo entre 1917 y 1920, en base a cuyo testimonio hemos construido este relato, y a Gabriel Cara González e Ignacio Jiménez Carrasco por recogerlo en el segundo tomo de su «Roquetas de Mar, 1875-1935. Historia Viva».


(Artículo escrito por Juan Miguel Galdeano Manzano y publicado en el Ideal de Roquetas, Vícar y La Mojonera en la edición mensual de noviembre de 2016, en la sección «De Turaniana a Las Roquetas»)

martes, 11 de octubre de 2016

Una historia verde para la Algaida

Charca en la Algaida. (Fuente: Serbal)
Entre Roquetas y Aguadulce, como un gran pulmón verde, existe una amplio espacio natural conocido como la «Ribera de la Algaida». Aunque tibiamente revitalizado en los últimos años, lo cierto es que nunca antes la Algaida se había encontrado en un estado tan crítico: se ha usado a veces como vertedero o campo de motocross, su superficie se ha reducido notablemente y está amenazada por las urbanizaciones que el Ayuntamiento quiere construir a su alrededor. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Detengámonos primero a indagar qué significa ese extraño vocablo de «algaida». En el diccionario editado por la RAE en 1770 se dan dos acepciones que concuerdan muy bien con nuestra Ribera de la Algaida. En la primera se define como un cerro de arena que «suele el viento mudar de una parte á otra de las orillas del mar», mientras que la segunda, que quizás se acerque más, la menciona como un «bosque, ó sitio lleno de matorrales espesos».

La Algaida roquetera es una zona pantanosa que se extendía por el norte hasta la rambla de las Hortichuelas y por el sur llegaba hasta las proximidades del pueblo de Roquetas y su playa. Su carácter inundable, que todavía hoy conserva aunque algunos no quieran aceptarlo, residía en las varias ramblas que la atravesaban y que rara vez llegaban al mar. Sus aguas, por el contrario, se quedaban aquí estancadas.

No obstante, siempre fue un espacio que el ser humano supo aprovechar. Hasta el siglo XX se hacía un uso sostenible de ella, utilizando sus recursos pero cuidándola a la vez para que al año siguiente diese los mismo frutos. Aparte de la leña, el principal uso silvícola nos lo describe Francisco Torres Montes en su estudio «Nombres y usos tradicionales de las plantas silvestres de Almería»: el algazul y la sosa (o barrilla) se extraían y se quemaban para obtener de sus cenizas una especie de jabón con el que se lavaba la ropa.

Taray de la playa de los Bajos.
(Fuente: Consejería de Medio Ambiente)
Paralelamente era una territorio de pastoreo, por lo que encontramos caminos y abrevaderos en los que apacentar las reses. Un episodio hace esta zona todavía más singular: en la playa de los Bajos, ante la sorpresa de los pastores, el ganado tenía por buena costumbre lanzarse a las orillas del mar a beber agua. La explicación a tan curioso fenómeno reside en que allí manaban agua dulce subterránea.

La degradación de esta zona comenzó en el siglo XX, de mano de las Salinas de San Rafael. Una vez comprados varios terrenos en la parte sur de la Algaida, en 1905 se constituyó la compañía que construiría sobre ellos las charcas salineras. Esto supuso un primer golpe al reducir la extensión de este paraje natural, aunque por supuesto la mayor parte de él se siguió conservando. Pero las salinas también agredieron a la Algaida esta vez talando numerosos acebuches, encinas y taráis en un sector de alta densidad arbórea situado en el noroeste de la Algaida: el Bosque.

Esta madera se empleó para alimentar unos motores llamados «de gas pobre», gas que se generaba a partir de la combustión de vegetal. Por suerte todavía quedan bastantes taráis dispersos por la Algaida. Uno de es el situado en la playa de los Bajos a pocos metros de la orilla, que por suerte se encuentra protegido como «árbol singular de Andalucía».

Chorlitejo patinegro anidando
en las Salinas. (Fuente: Serbal)
¿Existen opciones de restaurar el valor ambiental de la Algaida? La mayor parte de las antiguas Salinas ha sido urbanizada, por lo que es un espacio que nunca volverá a reconquistar la Algaida. Pero las últimas charcas salineras que quedan, esas que según el plan del Ayuntamiento pronto se convertirán en una oda al ladrillo, el cemento y el hormigón, ya están siendo recuperadas por la propia naturaleza. Allí hoy se alternan en perfecta simbiosis antiguos canales y compuertas salineras con flora y fauna típica de la zona. En consecuencia, es preciso proteger y blindar ante la especulación urbanística las Salinas y toda la Ribera de la Algaida, para que con el lento paso del tiempo y la ayuda humana se fuese rehabilitando.

No queda otra, pues es evidente que esta joya roquetera que combina naturaleza y patrimonio histórico en el siglo XX y el actual XXI sólo se ha empleado para destruirse, nunca para admirarlo. De hecho, sorprende que los roqueteros hasta el siglo pasado, con menos conocimientos que hoy, nulos recursos económicos e inexistente conciencia medioambiental supieran conservar este espacio tan bien, y hoy estamos a punto de llevarlo a su colapso. La decisión es nuestra, pues ya sabemos que el pasado de la Algaida estaba teñido de color verde: de nosotros depende que su futuro no sea negro.
(Artículo escrito por Juan Miguel Galdeano Manzano y publicado en el Ideal de Roquetas, Vícar y La Mojonera en la edición mensual de octubre de 2016, en la sección «De Turaniana a Las Roquetas»)

viernes, 9 de septiembre de 2016

Urbanizando las Salinas desde 1985

Estructura industrial para transportar la sal.
Fuente: Archivo de Gabriel Cara González
Desde que el Ayuntamiento de Roquetas reactivó el pasado agosto la reparcelación de las Salinas, una larga hilera de argumentos han ido entrando por un oído de ciertos políticos roqueteros y saliendo por el otro. Con inmovilismo y tozudez siguen negando el valor natural de las antiguas charcas salineras, hoy hogar de aves y especies vegetales protegidas, al que se le suma su gran interés histórico.

En 1989 las Salinas de San Rafael echaron el cierre, pero el urbanismo ya les había hincado el diente cuatro años atrás, cuando empezó construir sobre ellas. Por aquellos entonces se extendían desde lo que hoy queda de ellas hasta el Paseo de los Baños y la Avenida de Roquetas, incluyendo el auditorio, el campo de los Bajos y la Avenida de Juan Carlos I; fue precisamente esta última zona la que ya vemos urbanizándose en una fotografía aérea de 1985. El resto pronto se vio también como zona aprovechable para la ampliación del núcleo urbano. ¿El resultado? A día de hoy sólo se conserva en torno a un 20% de su extensión total.

Si nos acercamos a las pocas charcas que no han sucumbido bajo el ladrillo, descubriremos una meticulosa estructura de canales de piedra, pequeños puentes y compuertas de madera, que regulaban la entrada de agua con alta concentración de sal proveniente de Punta Entinas. Pero esta infraestructura no era nada más que un engranaje más del sistema salinero, al que se añadían un muelle, varias barcazas, almacenes y una red de vagonetas para transportar la sal. Todo ello para producir gran cantidad un oro blanco que llegaba a diferentes países europeos y que desde 1905 generó numerosos puestos de trabajo para los roqueteros.

Si usted, estimado lector, es la primera vez que escucha hablar sobre el pasado salinero de Roquetas o nunca antes había visto las fotos que adjuntamos, quizás se deba preguntar la causa de ese desconocimiento. Tal vez sea porque al Ayuntamiento no le haya interesado que lo conozca, puesto que en ese caso todos nos preguntaríamos por qué apenas queda nada de las Salinas y, sobre todo, por qué quieren acabar con lo poco que se conserva de ellas. Pero oigan, ya va siendo hora de que nos hagamos la dichosa pregunta: ¿qué fue del patrimonio histórico salinero?

Incendio de una de las barcazas en 1993.
Fuente: Archivo de Gabriel Cara González
Las barcas encargadas de trasladar la sal a los grandes navíos que paraban frente a la costa de Roquetas pasaron a mejor vida tras una bochornosa incineración. El muelle tampoco se salvó, ya que fue arrancado de cuajo por un tractor y vendido como chatarra, destino en el que también acabaron las vagonetas y toda la estructura metálica que servía para mover la sal. Evitaremos dar los nombres de quienes protagonizaron estos lamentables atentados contra la historia de Roquetas, puesto que pretendemos criticar las actuaciones más que encontrar culpables.

Desde luego también sería completamente descabellado defender que todos los terrenos de las Salinas hubiesen permanecido intactos y sin urbanizar una vez que cayeron en la inactividad, pues Roquetas necesitaba una ampliación de su trama urbana; pero lo cierto es que habría sido muy interesante conservar algunas pequeñas charcas salineras con los elementos patrimoniales más destacados, tanto en homenaje a todos aquellos que trabajaron de sol a sol en las Salinas como por lo que hoy sería un maravilloso ejemplo de patrimonio histórico industrial.

Antiguo muelle de las Salinas.
Fuente: Archivo de Gabriel Cara González
Hace 30 años, cuando comenzó la destrucción de las Salinas de San Rafael, sólo algunos historiadores mostraron su indignación. Pero afortunadamente la situación ha ido cambiando y hoy la Historia es mucho más apreciada, tanto por ser un foco de atracción turístico como por su carácter didáctico; y más con el valor añadido de nuestras salinas al ser un lugar de anidación de aves migratorias. La urbanización de las Salinas que hace unos años se permitía, hoy levanta polémicas y en un futuro se verá como una aberración. Ahí reside ese cariz justiciero de la Historia, que con el paso de los años va poniendo a cada uno en su sitio. Y por el camino que van, todo apunta a que nuestros dirigentes serán recordados como aquellos gobernantes que prefirieron el ladrillo a la naturaleza y el patrimonio histórico.


(Artículo escrito por Juan Miguel Galdeano Manzano y publicado en el Ideal de Roquetas, Vícar y La Mojonera en la edición mensual de septiembre de 2016, en la sección «De Turaniana a Las Roquetas»)

La olvidada Turaniana

No se ve, pero existe. Nadie lo nombra, pero sigue ahí. Ninguna administración le presta atención, pero no por ello nos vamos a olvidar de él. Hablamos del maltratado yacimiento romano de Turaniana, situado en la Ribera de la Algaida, entre Aguadulce y Roquetas. Se trata del enclave arqueológico más importante del municipio, originado en torno al siglo II a.C., que lamentablemente sigue sin excavarse.

Una sombra de fatalidad lleva a este yacimiento por el camino de la amargura. Fue descubierto de forma sucesiva en tres ocasiones (1859, 1892 y 1954), con la desdicha de que cada vez que ascendía su popularidad sufría expolios y destrozos, cayendo de nuevo en repetidos olvidos. Las primeras noticias las debemos a Miguel Ruiz de Villanueva, quien entre 1862 y 1864 recogió abundantes materiales superficiales con la finalidad de donarlos al museo arqueológico de Roquetas, cuando éste existiese. 154 años después seguimos esperando a que el ayuntamiento mueva ficha.

Localización de Turaniana. (Fuente: Unidos por Turaniana)

Sería en 1991 cuando la Junta de Andalucía lo declaró «Bien de Interés Cultural» (BIC), la máxima protección posible para este tipo de bienes. Sin embargo, el daño ya estaba hecho, pues se había saqueado hasta la saciedad e incluso se habían edificado algunos chalets sobre él. Con este amparo legislativo se respondía al fuerte clamor por parte de expertos en la materia, entre los que podemos destacar a Lorenzo Cara Barrionuevo y a Jorge Cara Rodríguez, autores de Roquetas de Mar, arqueología e historia: desde la Prehistoria hasta inicios de la Edad Moderna, con la que conoceremos ese pasado romano.

Sabemos que los habitantes de Turaniana se dedicaban fundamentalmente a la pesca, la obtención de la sal y el comercio, que encontraban su perfecta simbiosis en la exportación de salazones de pescado y del famoso garum romano. Como prueba de ellos encontramos piletas para salazón y el importante portezuelo de los Bajos, que se encuentra sumergido. El trazado urbano, aunque apenas se ha excavado, se completa con varias viviendas, talleres y necrópolis.

En cuanto a los restos arqueológicos hallados, entre ellos se cuentan numerosas monedas romanas, fragmentos de ánfora, anzuelos, clavos, pequeños molinos para aceite o cereal, crisoles para fundir metal, lucernas... Entre los más destacados podemos señalar un espejo, varios capiteles de columna y una estatuilla de bronce que representa a uno de los dioses lares, protectores del hogar.

Restos de muro, una estatuilla de bronce y un capital romano hallados
en el yacimiento. (Fuente: Unidos por Turaniana y Raquel Cara)

Sabiendo esto, nos da la sensación de que el ayuntamiento no se ha percatado de que cuenta con una de las mayores joyas arqueológicas de Almería. No sólo se ha olvidado de Turaniana, sino que acumula un largo historial de atentados contra ella que desde hace años ha venido denunciando la plataforma «Unidos por Turaniana». Así, en 2003 una denuncia por arrojar escombros en la zona permitió a su vez comprobar que el ayuntamiento la había atravesado con un conducto de alcantarillado sin el permiso correspondiente.

Depósito de hormigón construido por el Ayuntamiento
de Roquetas en 2009, y que fue retirado gracias a las quejas
de Unidos por Turaniana. (Fuente: Unidos por Turaniana)
En 2008 el consistorio abrió de nuevo en canal el yacimiento para colocar una canalización de Aquamed y, puesto que las desgracias nunca vienen solas, un año más tarde construyó un depósito para residuos con 18 toneladas hormigón, provocando daños irreparables en el yacimiento. Como pasa siempre, nadie asumió su responsabilidad.

No cabe duda de que Turaniana es el principal yacimiento arqueológico del municipio, tanto por su gran extensión como por no haber sido arrasado por la alianza entre la excavadora y el ladrillo que ha dirigido a Roquetas durante décadas y que todavía quiere seguir al timón de una burbuja inmobiliaria que hizo aguas hace varios años. En su naufragio, en su hundimiento hacia el fondo de las locuras urbanísticas, también quiere llevarse por delante todo el entorno de Turaniana con la urbanización de las Salinas aprobada en el último pleno municipal. Parte del yacimiento también será arrasado, puesto que de las casi 20 hectáreas del yacimiento solamente están incluidas como Bien de Interés de Cultura entre 12 y 13 hectáreas.

¿Hasta cuándo abusará el ayuntamiento de nuestra paciencia? Hasta que se lo permitamos, sencillamente. El desconocimiento del yacimiento por parte de los roqueteros siempre se ha encontrado con la complicidad del ayuntamiento, incapaz de mover un dedo en favor la excavación y puesta en valor del enclave romano. La organización de varias rutas fotográficas y visitas guiadas indica un cambio de tendencia, pero desde luego sigue siendo insignificante en comparación con el empeño por urbanizar y devastar todo el entorno de la Ribera de la Algaida y el propio yacimiento.

En definitiva, nos encontramos ante un tenso equilibrio entre ignorancia y dejadez administrativa, que genera un círculo de olvido para Turaniana del que es imposible salir. O el ayuntamiento se moviliza, lo cual es complicado, o deberemos ser los roqueteros los que nos vistamos las togas romanas y volvamos a decir, más alto que nunca, que seguimos Unidos por Turaniana.


(Artículo escrito por Juan Miguel Galdeano Manzano y publicado en el Ideal de Roquetas, Vícar y La Mojonera en la edición mensual de octubre de 2016, en la sección «De Turaniana a Las Roquetas»)

viernes, 8 de julio de 2016

¿Por qué Roquetas no tiene casco histórico?

Si viajásemos a cualquier ciudad o pueblo, por pequeño que fuese, nos gustaría pasear por sus calles antiguas, sentir su historia y contemplar los vestigios de su pasado. De lo contrario, posiblemente ni siquiera nos molestaríamos en visitar un sitio donde no hay nada que ver. Bien, hagamos este ejercicio a la inversa: un turista que nos deleite con su visita este verano podría pedirnos que le indicásemos cómo llegar al casco histórico de Roquetas, a «la parte antigua del pueblo» dirían algunos. Nuestra respuesta oscilaría entre la mueca y el desconcierto: «Roquetas no tiene de eso», responderíamos quizás avergonzados.

1. Plaza del ayuntamiento entre 1957 y 1976.
(Fuente: Archivo de Gabriel Cara González)
Pero, ¿por qué no tenemos casco histórico? Echemos cuentas: sabemos que Roquetas existe como pueblo desde mediados del siglo XVIII, con su correspondiente ayuntamiento e iglesia. Más concretamente tenía un pequeño trazado urbano estructurado en tres ejes: la actual Plaza de la Constitución, el barrio del Puerto y la calle Real del Puerto (actual avenida de Juan Bonachera), que conectaba ambas zonas. Estamos hablando de algo más de 250 años de historia y, sin embargo, la gran mayoría de los edificaciones y casas que hoy existen en estos tres ejes son de reciente construcción; entonces, ¿qué fue de las anteriores?

Si empezamos por la plaza central del pueblo nos encontraremos con el mayor atentado contra la historia roquetera de los muchos que se han cometido: la destrucción del ayuntamiento antiguo (imagen 1 y 2). Debemos remontarnos a 1777 para explicar el origen de este edificio, cuando Roquetas dejaba de ser una pedanía autónoma de Felix para constituirse como municipio independiente. Como prueba documental de su construcción tenemos un acta capital de 1787 facilitada por Gabriel Cara Rodríguez, en la que se documenta el acarreo de piedras para su construcción.

2. Demolición del ayuntamiento antigua en noviembre de 1976.
(Fuente: Archivo de Gabriel Cara González)
Resulta lógico que el edificio necesitase reformas, puesto que las exigencias del siglo XVIII no son las mismas que las que afrontaría en el presente siglo XXI; sin embargo, habría bastado con echar mano de los edificios cercanos para acoger las nuevas instalaciones municipales o, incluso desconcentrar las distintas oficinas municipales y repartirlas por todo el municipio. Pero no. Parece que sus casi 200 años de antigüedad no fueron suficientes para indultarlo: un triste mes de noviembre de 1976 el equipo de gobierno municipal decidió demolerlo y construir el actual. Aquella excavadora, que patéticamente coronó nuestro ayuntamiento, echó abajo tanto el edificio como la memoria de los primeros roqueteros que tanto lucharon para que nuestro pueblo no fuese un simple apéndice felisario. Si el instruido lector quiere saber más acerca de nuestro antiguo ayuntamiento, puede visitar el museo del siempre acogedor Gabriel Cara, quien con mucho gusto nos enseñará una maqueta de él.

3. La única casa de lucernario que queda en la Plaza
de la Constitución. (Fuente:Realización propia)
Puesto que las desgracias nunca vienen solas, en la misma plaza vemos que han desaparecido también las viviendas antiguas que la rodeaban. ¿Todas? No, una irreductible vivienda de planta baja resiste todavía y siempre a la destrucción (imagen 3). Responde a una tipo de arquitectura burguesa del siglo XIX: el de las casas con lucernario, que presentan un patio interior cubierto con un casetón con vidrieras que deja pasar la luz. En cuanto a su exterior, lucen generalmente una puerta y grandes ventanas a ambos lados, guardando en este aspecto similitud con las casas «de puerta y ventana» típicas de Almería.

Al igual que en la Plaza de la Constitución, la Avenida de Juan Bonachera también ha sufrido un proceso paulatino de demolición del que hoy sería nuestro casco histórico. La mayor parte de las casas que aquí había fueron vendidas por sus dueños y derrumbadas para construir en su lugar bloques de pisos (imagen 4). Se trataba de viviendas muy coloridas de planta baja o de dos plantas como mucho, que respondían a la misma tipología de casa con lucernario, cuya conservación habría permitido mantener el encanto que Roquetas un día tuvo y cuyo lugar hoy lo ocupan moles de ladrillo y hormigón que hacen que esta antigua parte de la ciudad, que podría haber sido un gran recurso turístico y patrimonial, hoy sea un simple barrio residencial.

4. Una de las pocas casas antiguas en el entorno de
la Avenida Juan Bonachera. (Fuente: Realización propia)
Merece particular atención una pequeña mansión construida en 1796 por algunos conocida como la Casa de los Marines (imagen 5). Pertenecía a Miguel Ruiz de Villanueva y después fue adquirida por Juan Bonachera, de quien toma nombre la avenida en la que se encontraba. Antonio Ruiz López en su libro Roquetas de Mar - A villa la califica como «la mejor casa del pueblo»; sólo hemos podido acceder a fotos de su fachada, pero este autor nos cuenta que en su interior contaba con infinidad de habitaciones, jardines, caballerizas, un aljibe e incluso una capilla. Derrumbada hace unas décadas, nada hizo la corporación municipal de entonces por salvar esta joya roquetera.

5. Casa de los Marines en el momento de su demolición.
(Fuente: Archivo de Gabriel Cara González)
Pero hay otras dejaciones todavía más lamentables y que son protagonizadas por nuestro ayuntamiento, siempre tan despreocupado por nuestra historia: cuando es el propio gobierno municipal quien permite que las casas antiguas no detengan su estado ruinoso. El procedimiento es como sigue: ante una casa en mal estado avisan, repetidamente, a los propietarios para que las adecenten; en caso contrario y pasado un tiempo, en vez de intervenir para su rehabilitación, proceden a la declaración de ruina, que obliga su urgente demolición, muchas veces ejecutada por el propio ayuntamiento (imagen 6). ¿Acaso no sería mejor pactar con el propietario una rehabilitación y puesta en valor de las casas?

6. Antigua casa de la Avda. Juan Bonachera,
hoy desaparecida, derrumbada por el ayuntamiento.
(Fuente: Realización propia)
El caso del Puerto merece un análisis mucho más profundo que trataremos de forma individualizada en el futuro, por lo que podemos concluir con el último gran proyecto que enriqueció el centro urbano de Roquetas. Se trata de la ampliación urbana que comenzó el Instituto Nacional de Colonización en 1954, un organismo de la dictadura franquista creado para reorganizar el sector agrícola español; en el Poniente Almeriense encontró un campo de actuación ideal, pues coincidió con el desarrollo de la extracción de agua de acuíferos y con los enarenados y el cultivo bajo plástico. Además de ampliar Roquetas, también construyó El Parador, Las Marinas y El Solanillo, además de Puebla de Vícar y La Mojonera.

Como saben nuestros mayores y como se habrá percatado el lúcido lector, la ampliación del centro urbano responde a una iniciativa organizada y ejecutada desde el exterior. Precisamente en ese punto reside su singularidad: los edificios y casas de Colonización no son decisiones individualizadas y desordenadas de roqueteros, sino que forman parte de todo un proyecto urbano que preveía distintos tipos concretos de casas, edificios de servicios y un trazado regular de las calles. Repasando el libro del Instituto de Estudios Almerienses Los pueblos de colonización en Almería, las viviendas se organizaron en torno a la Plaza Alcalde Pomares (llamada entonces «Plaza de Colonización»), donde se ejecutó el conocido pórtico con arcos para albergar artesanos, comerciantes y otros servicios sociales, que albergó también el famoso Cine Cara.
7. Casa de colonización que el ayuntamiento derribó.
(Fuente: Juan Pablo Yakubiuk)

Quedan todavía algunas casas de colonización; sin embargo, el ayuntamiento no prevee la protección suficiente para evitar que sigan destruyéndose. Así lo pudimos comprobar cuando el ayuntamiento, siguiendo el mismo triste procedimiento que con la casa de la Avenida de Juan Bonachera antes nombrada, derrumbó la casa situada en la esquina entre la calle Miramar y la calle Las Marinas (imagen 7). Un descampado con vallas publicitarias ocupan hoy su lugar. Esta es Roquetas, señores, la que hace casas y las gasta en solares.

Ya sabemos por qué Roquetas no tiene casco histórico: porque el ayuntamiento no le ha prestado ni le presta atención y porque el pueblo roquetero no ha sabido valorar su historia. Desde luego, habría sido interesante mantener las primeras líneas de casas alrededor de la Plaza de la Constitución y de la Avenida Juan Bonachera, puesto que no se trata de conservar todas y cada de las casas antiguas de todos los barrios de Roquetas, pero sí de proteger una muestra representativa de ellas que recordasen a roqueteros y visitantes ese pequeño pueblo que hace poco éramos.

Flaco favor hace el ayuntamiento en su empeño de engordar la nómina de solares del pueblo y el bolsillo de unos pocos, en perjuicio del patrimonio histórico y cultural que pertenece a todos los roqueteros. Pero no está todo perdido, y aquí es donde nuestra administración municipal tiene que demostrar un cambio de actitud. Muy buena idea sería ampliar la oferta museística de Roquetas, como instalar un museo etnológico de usos y costumbres en alguna de las casas de colonización, a la vez que mostrar cómo eran en su interior. Otras líneas serían exponer cómo actuó el Instituto de Colonización tanto en Roquetas y otras localidades de nuestro municipio, o explicar los inicios de la agricultura bajo plástico, que sigue siendo un pilar fundamental para la economía roquetera. Desde luego, posibilidades no faltan.

Una ciudad que quiere ser turística no puede seguir destruyendo sus oportunidades de turismo. Una ciudad que quiere tener un centro urbano vivo no puede reducirlo a ser una zona residencial más. En definitiva, una ciudad que se proclama como tal, y que existe como pueblo desde hace más de 250 años, no puede seguir diciendo que no tiene historia.

Roquetas tiene que dejar de vivir de espaldas a su pasado, encarar todos los errores cometidos y asegurar que nunca más se volverán a perpetrar los atentados contra nuestro pasado que hemos descrito. Hasta hoy podíamos refugiarnos en el desconocimiento para no hacer nada por todo lo que tenía nuestro pueblo. Pero ahora que lo sabemos, si no hacemos nada no podremos echarle la culpa a nuestra ignorancia, sino que será responsabilidad de la incompetencia de aquellos que nos gobiernan y del consentimiento de los gobernados que lo permitimos.


(Artículo escrito por Juan Miguel Galdeano Manzano y publicado en el Ideal de Roquetas, Vícar y La Mojonera en la edición mensual de julio de 2016, en la sección «De Turaniana a Las Roquetas»)

martes, 7 de junio de 2016

Lo que queda de las Salinas de San Rafael


Tan sólo la crisis del sector inmobiliario ha conseguido paralizar, al menos temporalmente, la paulatina destrucción de las Salinas. Es ahora cuando Roquetas está a tiempo de recuperarlas y ponerlas en valor

Estructura industrial para el transporte
de la sal, desaparecida.
(Fuente: Gabriel Cara González)
Hasta no hace tanto la economía roquetera tenía un inconfundible color blanco. Montañas y montañas de sal brillaban en la retina de quienes desde el mar o tierra firme dirigían su mirada hacia este pequeño pueblo salinero. No se trataba de un trabajo baladí ni de una curiosidad más de Roquetas, sino de todo un sector fundamental para el sostenimiento de sus habitantes junto con la agricultura y la pesca.

Extensión de las Salinas de San Rafael en 1956,
 señaladas en rojo. En verde, el canal que
provenía de las Salinas Viejas y de Cerillos.
(Fuente: Vuelo General de España de 1956)
Pero estos dos sectores no siempre podían llevarse a cabo en las mejores condiciones. Por un lado el salitroso suelo, también pobre en nutrientes, producía continuamente cosechas de mala calidad, situación que se veía redondeada por los fuertes vientos que destrozaban cualquier vegetal que osase permanecer derecho. Por otro, la pesca se hacía imposible en días de temporal, permaneciendo largas jornadas sin salir a faenar. En consecuencia, la industria de la sal constituía una fuente de trabajo innegable para muchos roqueteros, que la compaginaban con estas dos actividades.

Como cuenta el historiador Gabriel Cara en «Roquetas de Mar. 400 años de Historia», el primer aprovechamiento documentado de la sal en la zona se lo debemos a los fenicios, seguidos de romanos y árabes. Ya en manos de la corona castellana se convierten en un bien público que se arrendaba a personas pudientes del municipio para que se encargasen de su explotación. Eran frecuentes los pleitos y disputas entre los arrendatarios y el ayuntamiento. Esta situación cambian en el 1900, cuando las salinas son subastadas al igual que muchas otras de España; serán adquiridas por la familia Acosta, que también gestionaba las de Cabo de Gata, para más tarde en 1925 inscribirse en la Unión Salinera, una agrupación de pequeños propietarios.

Uno de los pocos tramos que queda del canal que unía
las Salinas Viejas y de Cerrillos con las de San Rafael.
(Fuente: Realización propia)
El conjunto salinero estaba formado por las Salinas Viejas, las de Cerrillos y las de San Rafael. Las Salinas Viejas se encuentran al sur del municipio, protegidas hoy al estar incluidas en el paraje natural de Punta Entinas-Sabinar; las de Cerillos están en la misma zona, si bien ya en el que era el término municipal de Dalías (hoy de El Ejido). Por último, las de San Rafael se encontraban sobre el barrio que conocemos como las Salinas, desde el actual Paseo de los Bajos hasta la Ribera de la Algaida.

Desde mediados del siglo XX las Viejas y las de Cerillos quedaron unificadas, para un año más tarde coordinarse con las de San Rafael formando un sistema complementario muy interesante. En las primeras no se extraía la sal sino que se conducía el agua, ya con una alta concentración de sal a causa de la evaporación, a las de San Rafael a través de un canal hoy desaparecido en la mayor parte de sus tramos. Era aquí donde se extraía la sal, se acumulaba y se embarcaba para su exportación. Finalmente en los años 80 las salinas roqueteras dieron sus últimos coletazos y cayeron en la inactividad.

Evolución del trazado de las salinas sobre un plano actual de
Roquetas, sombreando en azul lo único que queda de ellas.
Podemos tomar como referencias el CC Gran Plaza (1),
la desembocadura de la rambla (2), el Mario Park (3)
y el antiguo campo de fútbol de los Bajos (4).
(Fuente: Google Earth)
Cabría hoy preguntarnos qué queda de todo este importante pasado salinero de Roquetas. Las tres salinas se vieron fuertemente amenazadas durante los largos años de la burbuja inmobiliaria y del crecimiento urbanístico agresivo. Por suerte y tras muchas discusiones con las administraciones, las Salinas Viejas y de Cerrillos consiguieron salvarse al quedar incluidas dentro del paraje natural Punta Entinas-Sabinar. Hoy son hogar de una rica flora y fauna, entre la que destacan las aves migratorias.

Pero el futuro de las de San Rafael era mucho más incierto. Como se observa en el plano, las balsas situadas entre la rambla y el Paseo de los Baños fueron inmediatamente urbanizadas. Poco a poco se fue construyendo también sobre el resto, dando lugar al actual Auditorio y una gran cantidad de bloques de pisos y chalets. Como es evidente, buena parte del actual Roquetas se ha construido a base de quitarle terreno a las salinas, quedando hoy reducidas a la zona sombreada en azul situada frente al Mario Park y el Aquarium. Pero, ¿dónde está el límite? ¿No ha sido suficiente ya la destrucción?

Si no hubiese sido por la actual crisis, seguramente hoy no quedaría nada. Mas no piense el escéptico lector que las balsas que todavía permanecen están a salvo: el fantasma del urbanismo sigue orbitando alrededor de ellas. Una espada de Damocles pende de un hilo sobre lo poco que queda de estas salinas, un hilo que hasta hace poco el Ayuntamiento de Roquetas parecía dispuesto a cortar.

Las Salinas de San Rafael son un bello lugar donde practicar
la fotografía. (Fuente: Javier Rodríguez Herrada)
Sin lugar a dudas, arrasar con las pocas balsas que quedan sería un grave error histórico. Otros ayuntamientos, y quien sabe si algún día el nuestro, verían en ellas una gran oportunidad turística y patrimonial, de mostrar a roqueteros y visitantes una industria salinera que en un tiempo pasado fue fundamental para la vida de nuestro pueblo. Un pequeño museo, un centro de interpretación para los visitantes, fotografías, rutas entre las tres salinas, visitas de escolares... El presente nos está brindando una oportunidad generosa; esperamos que la altura de miras de la política roquetera también lo sea.


(Artículo escrito por Juan Miguel Galdeano Manzano y publicado en el Ideal de Roquetas, Vícar y La Mojonera en la edición mensual de junio de 2016, en la sección «De Turaniana a Las Roquetas»)